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La Promesa del Camino
A
veces no empezamos la búsqueda desde la mejor posición,
o con obvia desventaja. Buscamos y buscamos por caminos abruptos,
removiendo las basuras buscando algo de alimento que nos mantenga en
pie, con el consecuente riesgo de que lo que encontramos nos siente
realmente mal y nos deje incapacitados por algún tiempo. Pero
aún así, lo que no nos mata nos hace más
fuertes, y algo más sabios, nos volvemos a levantar y seguimos
con lo nuestro, porque pocas cosas se pueden comparar con la fuerza
de ese llamado.
A
medida que el tiempo, y uno va encontrando los retazos, las huellas
de lo que va buscando, también se da cuenta de que muchas
veces las cosas no son precisamente como las imaginaba, pero, sin
embargo, la llama que nos lanzó a la búsqueda no pierde
la capacidad de reconocer lo que es y lo que no es. Podemos mentirnos
a nosotros mismos, y otros pueden tomarnos el pelo, pero ella sabe y
se apresta a guiarnos, a corregir nuestro rumbo, a darnos ánimo...
aunque en ocasiones tengamos que adentrarnos en la noche más
oscura para atender a su resplandor.
De
modo que, además de la habitual corte de charlatanes,
vendecursos, buscadores frustrados y demás criaturas
deleznables, uno llega a encontrarse aquellas personas que saben de
la vida, de lo que la vida es... y lo que menos nos importa en ese
momento es la tradición a la que pertenecen, en virtud de la
autenticidad correspondida.
Y
así uno se aleja del vertedero, se aleja también de las
peleas con las ratas, de las emociones que agita el ver burlado
aquello que uno respeta y la impotencia de no poder detener, por más
que uno haga, todo cuanto en justicia esta mal...
Y se
adentra casi sin darse cuenta en un bosque antiguo, de árboles
gigantes, como un mundo a parte infiltrado en él corazón
de la cotidianidad. Anda ligero como un venado a abrevarse al claro y
fresco arroyo que por allí discurre, y calma su sed sin tener
que temer la flecha del cazador, o el veneno en las aguas. Y puede
luego acurrucarse y dormir, bajo el cielo estrellado y mecerse en la
calidez del propio aliento, en calma. Y sabe que, aunque tal vez esté
de paso en aquella bendita tierra, la promesa del camino no es una
falsa promesa.
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