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Materialismo
El materialismo bien entendido será siempre una mejor opción
que cualquier forma castrante de “espiritualidad”. El mundo
material es la base sobre la que construimos todo lo demás, un
mundo complejo y a menudo ignorado, lleno de puertas y caminos que
conectan directamente con aquello que los que lo desprecian dicen
pretender alcanzar. La cuestión es que hay que conocer la
cerradura para encontrar y reconocer, o bien diseñar, la llave
adecuada.
El
materialismo no se reduce a la economía, o las posesiones
materiales; sino a ser conscientes de nuestras necesidades reales, y
no descuidarlas. Hay algo mucho más noble en lo
pura y realmente material que en esa clase de "espiritualidad"
vacía de raciocinio y sentimientos que merezcan ese nombre,
que deja a los hombres - y mujeres- a merced de la corriente,
sacudidos por emociones, como larvas que se mueven en el agua a
impulsos.
La materia no niega
la espiritualidad, sino que la apoya, le da forma y consistencia,
abre el camino y permite que se den frutos. Obvio necesita de un
espíritu que la anime, pero las personas a las que solemos
llamar "superficiales" o "materialistas" no están
atendiendo precisamente sus necesidades materiales, sino que son
víctimas de un mundo de ideas. Por ejemplo, no buscan una
comida que los alimente y satisfaga sus sentidos físicos, sino
que prefieren comer algo peor en un lugar caro para "dar una
imagen" ( y así con la ropa, los coches, etc.). La
necesidad de esa imagen no proviene del mundo material, que es
sencillo y claro, sino de una mente corrupta, que no trabaja en favor
de nuestro cuerpo, ni de nuestros sentimientos, ni de ella misma.
Si fuéramos
realmente materialistas, atenderíamos esas necesidades reales
y ahorraríamos mucha energía para dedicarla a lo que
eligiéramos y no a lo que nos viniera más o menos
impuesto, y siendo leales y consecuentes con estas necesidades
propias, no sería tan fácil manipularnos a base de
proyecciones “idealistas”. Por eso, en cierto modo, cuando
estamos atendiendo necesidades reales "no hay tiempo para la
depresión", porque ocupamos nuestra mente con cosas que
sí necesitamos y con las que no resulta tan fácil
chantajearnos. Acostumbrados a defender nuestro aspecto material, nos
sería mucho más fácil defender nuestras
necesidades espirituales.
Hedonismo
“Se cree que el
hedonista es aquel que hace el elogio de la propiedad, de la riqueza,
del tener, que es un consumidor. Eso es un hedonismo vulgar que
propicia la sociedad. Yo propongo un hedonismo filosófico que
es en gran medida lo contrario, del ser en vez del tener, que no pasa
por el dinero, pero sí por una modificación del
comportamiento. Lograr una presencia real en el mundo, y disfrutar
jubilosamente de la existencia: oler mejor, gustar, escuchar mejor,
no estar enojado con el cuerpo y considerar las pasiones y pulsiones
como amigos y no como adversarios."
Cuando
uno tiene conocimiento de que existe una realidad amable y placentera
alcanzable por los sentidos, las emociones y la mente en
colaboración, se lo trata como a un loco o un ignorante; pero
cuando otro agacha la cabeza y permite que se lo explote y maltrate
se lo llama "realista"... Si realmente lo fuera, sabría
que en realidad
no necesita mucho más que alimento y cobijo para vivir y que
todo lo que teme
perder al oponerse a los que lo tratan como un esclavo - el resto de
sus posesiones, su estatus, así como las relaciones personales
y la idea de sí mismo cuando se basan en lo anterior- no son
más que nefastas ilusiones por las que se ha dejado atrapar de
un modo bastante necio.
Se
entiende que hay personas que son encerradas en auténticos
infiernos por cuestiones ajenas a su voluntad, que el mundo no es un
lugar precisamente perfecto y hay mucho por lo que se debe luchar. Se
entiende que hay momentos muy tristes, oscuros, asfixiantes, en los
que nos sentimos peor que muertos, que existe el dolor físico,
y el dolor psíquico del que no vamos a escapar por repetirnos
mil veces ante el espejo "No
pasa nada, estoy requetebien".
Pero, precisamente por eso, aprovechar el momento, valorar el paraíso
a nuestro alcance, y saborear los tesoros de la vida constituye un
acto de rebelión contra esos azotes del destino. Los momentos
duros, tristes, difíciles y horribles ya lo son bastante por
sí mismos, tienen su tiempo y su lugar, y valiosas lecciones
que ofrecer. Ambos aspectos de la experiencia vital, el placentero y
el doloroso, convenientemente procesados, pueden llevarnos a conocer
los cantos del triunfo, y aún las maravillas que se extienden
más allá de ellos, cubiertas por un velo dorado.
Pero autoadministrarnos unas dosis excesiva de dolor, renuncia,
negación y tristeza (incluso cuando creemos que eso nos hará
más fuertes, o nos ahorrará sufrimientos futuros -que,
por cierto, no es posible-) no nos va a ayudar en absoluto, a menos
que nuestro propósito vital sea convertirnos en unos
amargados.
Ir
en contra de nosotros mismos no es inteligente, diga lo que diga esa
legión de mentes preclaras que quiere hacernos andar sobre
cristales, y sobrecargar nuestros lomos mientras fustigan sádicamente
nuestros flancos. Una espiritualidad que no contemple las bondades de
la materia y el placer es una espiritualidad rota o incompleta, otra
cosa
muy diferente es que pueda llegar a trascenderlos.
Es simple: no es lo mismo algo
que te está exigiendo que te amargues la vida renunciando a
cosas que no son realmente dañinas y te gustan, que algo capaz
de demostrar que hay algo alcanzable más allá de los
límites impuestos por éstas, que es aún mejor
que lo que ya conocíamos.
NOTAS:
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