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Autoridad y
Disidencia
La
autoridad es algo que nosotros otorgamos a aquellos que nos
demuestran que la merecen. La mayoría de veces no se trata de
rebelarse contra una autoridad que no es tal, sino simplemente
negarse a obedecer órdenes estúpidas, seguir consejos
idiotas, o aceptar principios absurdos. Negarse a decir “sí”
cuando todo nuestro ser grita “no”, conservar la integridad, el
amor a la verdad, y permanecer leales a aquello dentro de nosotros
que nos impulsó a la búsqueda en la que nos
encontramos.
Cuando
se siente el llamado y se sale a los caminos del mundo en la
búsqueda, es esa llama de necesidad encendida en nuestro
centro la que susurrará a nuestro oído si lo que nos
sale al encuentro es realmente el objeto de nuestra búsqueda,
o sólo es un engaño.
Engaños
hay muchos, propios y ajenos... pero tal vez el peor es el de esos
sujetos que se plantan en medio del camino de uno, con un cartel que
dice algo así como "Esto es todo, no hay nada más",
y un sombreo para que les echen monedas, como si nos hicieran un
favor por estar ahí estorbando.
Es
un muro ilusorio levantado por aquellos que no tuvieron lo que tenían
que tener para seguir avanzando. A éstos no les queda más
opción que mendigar la aprobación, si se puede incluso
la admiración, y, las más de las veces, la contribución
económica de los que van llegando hasta ese punto. Mendigan,
aunque sea bajo una apariencia orgullosa, paternal, resabida... y
esperan convencer al caminante de que no avance, porque los dejaría
en evidencia.
Un
paso más y se hará evidente que en ese mercado no hay
sólo ignorantes o incapaces, sino un buen número de
traidores... gentes que una vez tomaron contacto con una fuente de
conocimiento, o una tradición, o una comunidad, y fallaron en
sus pruebas. Gentes que han intentado usurpar fragmentos de un tesoro
que estuvo a su alcance, del que ahora venden imitaciones como
baratijas. No importa si lucen sus autotítulos, si ponen en
estanterías sus libros autopublicados, si presentan sus nuevos
métodos, o se entretienen en relatar las fantásticas
historias acerca de su formación mística o esotérica,
sin mencionar que quedó a medias. No se puede engañar a
la vida; la tradición no se vende, y la autoridad se gana.
Fallaron, cambiaron lo valioso que tenían por lo que les
ofrecía comodidad, o cualquier otra cosa, traicionaron aquello
que debían respetar y aquellos que debían defender. Y
se quedaron esperando al viajero desprevenido para desposeerlo de
aquello de valor que lleve encima, condenándole a la misma
miseria existencial. Por eso el mercado crece alrededor del templo, y
por eso, a veces, no queda otra opción que limpiar el paso a
patadas, sin culpa ni remordimiento.
Es
muy diferente cuando encuentras a alguien que se quedó en
cierto punto por decisión propia. Éstos dicen algo así
como "Yo no llegué a verlo, pero creo que por allá
encontrarás a alguien que sabe más y te puede ayudar".
Sonreirán, darán ánimos, y nos desearán
suerte; porque el quedarse allí fue fruto de su voluntad, no
de su incapacidad, no hay traición en ellos, y no tratan de
vendernos nada.
Hay miradas puestas
sobre cada persona que emprende la búsqueda real, observando
sus movimientos. Algunas lo ven esperando poder hacer algo parecido,
deseándole suerte no sólo por él, sino por ellos
mismos, esperando que ciertas cosas sean posibles. Otras que con
desdén esperan que tropiece y caiga, para cebarse en su mal
como una carroña y ufanarse en el “ya lo sabía”,
sin darse cuenta que así pierden todos... pero no importa, la
primera responsabilidad es con uno mismo, nadie puede vivir por otro.
Y en determinados
momentos la alegría, el triunfo, se convierte en un arma que
pone a los enemigos a raya, porque les recuerda que nada pueden por
apagar el brillo de una existencia que queda lejos de sus garras,
pero no es menos cierto que por más que quieran alimentarse de
esos males que también se viven y no se necesitan esconder,
tampoco les pueden estos aprovechar, dándose en el mismo nivel
que les resulta inalcanzable.
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